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NUESTRA SEÑORA DE LOS MILAGROS, SANTA FE, ARGENTINA ( 9 DE MAYO)

El 9 de mayo de 1636 un cuadro de la Inmaculada comenzó a derramar hilos de agua e inmediatamente comenzaron a producirse milagros de sanación. El 9 de mayo de 1936 el Papa Pío XI otorgó la Coronación Pontificia al cuadro de Nuestra Señora, cambiándolo al centro del altar mayor. Nuestra Señora de los Milagros, fue declarada Patrona de la Provincia Argentina de la Compañía de Jesús... Un 15 de noviembre de 1573, a orillas del Río de los Quiloazas, nacía la ciudad de Santa Fe. Su fundador, Don Juan de Garay, daba cumplimiento al mandato de abrir puertas a la tierra. Esta expresión señalaba la necesidad de establecer un puerto intermedio entre Asunción y Buenos Aires, que sirviera de escala segura para los viajeros. Los fundadores que vinieron con Garay, eran criollos nacidos en estas tierras y le darán a la ciudad el carácter de una nueva síntesis cultural mestiza. El naciente caserío manifiesta pronto su deseo de contar con la presencia de religiosos de la Compañía de Jesús. En 1595 los cabildantes le escriben al Padre Provincial Juan Romero, residente en Asunción, suplicándole el envío de religiosos jesuitas. Este pedido fue satisfecho recién en 1609, cuando llegaron a Santa Fe, el Padre Francisco del Valle y el Hermano Juan de Sigordia. Al año siguiente comenzará a edificarse la escuela y la iglesia que los jesuitas ocuparon hasta el traslado de la ciudad, hecho ocurrido entre los años 1651 a 1660 aproximadamente, en el sitio que actualmente ocupa. En 1634 de paso por la ciudad rumbo a la Reducción de San Ignacio Miní, un artista de fina sensibilidad, el Hermano Luis Berger. A pedido de los Congregantes Marianos, accedió gustoso a representar la Mujer del capítulo 12 del Apocalipsis. El cuadro se llamó como la Congregación mariana: “de la Pura y Limpia Concepción”. Fue plasmada en un lienzo que mide 1,33 x 0,96 m y que actualmente se venera en el Santuario de Nuestra Señora de los Milagros de Santa Fe. EL SUDOR MILAGROSO Y OTROS MILAGROS ACONTECIDOS El sol ya tomaba distancia del horizonte de islas en la fresca mañana de otoño, iluminando el humilde caserío. Era el 9 de mayo de 1636 y la pequeña Santa Fe iniciaba un nuevo día de arduas tareas. En el templo de la Compañía de Jesús, edificado sobre uno de los costados de la plaza mayor, el Padre Rector del Colegio y de la Iglesia, Pedro de Helgueta, oraba arrodillado frente al cuadro de Nuestra Señora, como todas las mañanas. Habiendo finalizado la Misa, alrededor de las ocho horas, el Padre levantó la vista hacia el cuadro y se sorprendió por lo que creyó era humedad del ambiente condensada en la pintura. Pero pronto comprendió que el brillo tenía un origen distinto. Incorporándose descubrió que de la mitad de la Imagen para arriba la pintura estaba totalmente seca, mientras que hacia abajo corrían hilos de agua resultantes de innumerables gotas emanadas en forma de sudor. Siguió recorriendo con la vista hacia abajo y comprobó que el caudal ya estaba mojando los manteles del altar y el piso. Al ver el asombro del sacerdote, varias personas que aún permanecían en la iglesia se acercaron y pudieron conocer lo que estaba ocurriendo. Comenzaron a embeber aquel agua en algodones y lienzos, mientras el número de fieles y curiosos crecía junto al júbilo y las exclamaciones. Las campanas de la Iglesia no pararon de repicar, para anunciar a todo el pueblo lo que estaba sucediendo. A pocos minutos llegaron el Vicario y Juez Eclesiástico de Santa Fe (Cura Hernando Arias de Mansilla), el Teniente de Gobernador y Justicia Mayor (don Alonso Fernández Montiel), el General Don Juan de Garay (hijo del fundador) y el escribano del Rey, Don Juan López de Mendoza. Subido en un banco, el propio Vicario tocó con sus dedos la tela del cuadro, procurando contener los hilos de agua que descendían, pero por el contrario, continuaba manando copiosamente cambiando de dirección al contacto con la mano. Esto duró algo más de una hora, como lo atestigua el acta que se conserva hasta hoy en el Santuario. También se conserva una reliquia de los algodones tocados en el sudor y que besan agradecidos todos los fieles cada 9 de mes. En las semanas, meses y años siguientes a este milagro, comenzaron a sumarse otras numerosísimas manifestaciones del amor de Dios para con sus hijos. Las curaciones más asombrosas fueron también recopiladas por el Escribano del Rey. Así fue que los santafesinos empezaron a invocar a su Madre con el título de “Nuestra Señora de los Milagros”. En pocos días, Monseñor Cristóbal de Aresti, Obispo de la Diócesis de Asunción del Paraguay, de la que dependía entonces Santa Fe, reconoció al sudor como auténtico milagro, pues según los requisitos establecidos por la Iglesia, se contaba con suficientes testimonios probatorios del extraordinario suceso. En tal sentido las actas labradas, la calidad y cantidad de testigos y las reliquias conservadas por la gente que seguían obrando curaciones, daban fe de ello. Antes de cumplirse el año de este suceso, el 22 de diciembre, el propio Monseñor Aresti pudo pasar por Santa Fe, camino hacia Buenos Aires, y certificar personalmente estos acontecimientos milagrosos. EL TEMPLO Hacia 1660 se había completado el traslado de la ciudad a unos 80 kilómetros más al sur, al sitio que hoy ocupa. Diversas razones motivaron este desplazamiento, entre las que podemos citar las periódicas inundaciones, el constante acecho de los malones de aborígenes que tenían en vilo a los pobladores y las plagas de langosta que devoraban las pocas cosechas. En la nueva ciudad, que pasó a llamarse Santa Fe de la Vera Cruz, los padres jesuitas ocuparon el mismo lugar que tenían en Santa Fe La Vieja. El templo actual, declarado Monumento Histórico Nacional en 1942, se terminó de construir en 1670. Al cumplirse los 300 años del sudor milagroso, fue erigido como Santuario el mismo día que se realizó la Coronación Pontificia del Cuadro. A su lado se encuentra el Colegio de la Inmaculada Concepción, de fecunda y dilatada trayectoria en la educación de la juventud. La primitiva fachada aun conserva una placa indicando el año de su origen: 1660. La construcción original completada en 1700 contaba con una torre en su lado Norte, que se derrumbó en 1714, estando actualmente cubierta la superficie que ocupaba, con un techo de chapas sobre tirantería de madera a nivel superior de su frente del mismo lado, carente de elementos decorativos y de superficie totalmente plana. En el nivel inferior y a manera de cripta se encuentra el cementerio, ocupando en el subsuelo una parte de la nave lateral Norte. En el eje de la nave central, una puerta con arco de medio punto, enmarcada por pilastras y un dintel recto, sirve de acceso principal y único desde la calle. Casi sobre el mismo plano y a nivel del coro interior, vemos tres ventanas, rematadas con frontis de molduras curvas que sirve de cierre superior, la central y mayor, cegada interiormente con pared, posiblemente para dar protección térmica al órgano Cavaillé-Coll de gran valor patrimonial. La torre actual terminada en 1755, responde en cambio, a un planteo arquitectónico provisto de ornatos, pilastras, cornisas y vanos que rematan en un campanario coronado por una espadaña cuadrangular con pilares en las esquinas. Cuenta con tres niveles: El primero sirve de acceso al coro; el segundo al campanario propiamente dicho, que cuenta con tres campanas suspendidas de vigas de madera dura; y por último el que accede a la espadaña. Todos ellos con estructura de vigas y alfajías de madera que sostienen ladrillos de plano como soporte del contrapiso y piso de cemento. Por dentro son visibles los dinteles, refuerzos horizontales y verticales insertos en la mampostería primitiva de gran espesor y rusticidad desprovista de revestimientos o revoques. El interior del templo contaba con una nave de planta rectangular y cruz latina, conservando aun los primitivos muros de tapia, piedra del Río Paraná y ladrillos de adobe, con espesores de más de 2 metros en algunos casos, techado a dos aguas con cubierta de tejas, actualmente de chapas galvanizadas sobre cielorraso de yeso, como cañón corrido. A principios del siglo pasado se le agregaron naves laterales, por el lado Norte ocupando el antiguo cementerio y por el flanco Sur en parte del actual Patio de los Naranjos, unidas espacialmente con la nave central por tres arcos de medio punto, introduciendo al mismo tiempo, elementos decorativos de estilo neoclásico que nada tienen que ver con la concepción , simpleza y primitivismo de las primeras etapas de su construcción, netamente colonial . Estas naves laterales tienen en su cubierta, tres cupulines de planta circular y bóveda esférica que sobresalen exteriormente haciendo más evidente la falta de unidad. Merecen especial mención los seis vitrales existentes en sus paredes Norte y Sur, como así también las dos puertas unen el interior de la Iglesia con el Patio de los Naranjos del Colegio de Inmaculada Concepción. El templo se complementa con obras destacables de arte colonial guaraní, particularmente el Retablo Mayor (reducción de Loreto, 1720), los confesionarios tallados, y dos imágenes del barroco: el “Cristo de la Columna” y “Cristo de la Paciencia”, realizados en madera policromada de mediados del S. XVIII y también provenientes de las Misiones jesuitas. Son de destacar importantes óleos: “De la Pura y Limpia Concepción”—el más antiguo elaborado en territorio argentino (1634)—por el Hno. Luis Berger sj. El Descendimiento (1614) del Hno. Bernardo Rodríguez sj, “El momento del Milagro” (1919), de Cingolani; “Santa Teresa de Jesús”, de Sor Josefa Díaz y Clucellas. La Iglesia cuenta además con un órgano Cavallié Coll (1889), de fabricación artesanal francesa. En la ante sacristía se puede visitar el “Confesonario para sordos” y el lavamanos tallado en piedra sapo. El presbiterio fue objeto de arreglos al introducirse los cambios en la liturgia, acordadas por el Concilio Vaticano: Se colocó piso de mosaicos calcáreos y un escalón de madera en donde estaría el comulgatorio, salvando el desnivel. Además se retiró del retablo la mesa del altar mayor, centrándolo para la celebración de la Misa de cara a los fieles. Este retablo, hecho en la antigua reducción de Loreto -al igual que el púlpito- aloja en su centro el milagroso cuadro de la Virgen de los Milagros pintado en el año 1634. En relación con el espesor de los muros, se destaca su aprovechamiento espacial, en el caso del púlpito, construida en su interior la escalera de acceso y en la antesacristía o sacristía Sur, un habitáculo socavado de dos metros de ancho, con puertas de madera cribada y tallada, con vista directa al presbiterio a través de una pequeña ventana de cuatro vidrios repartidos. RECONOCIMIENTOS Con la expulsión de la Compañía de Jesús de las tierras españolas, y con las severas restricciones de mantener cerrados el Colegio y la Iglesia, el culto a Nuestra Señora de los Milagros se tuvo que suspender desde 1767 hasta 1862. Ante las insistencias de los congregantes y feligreses, el Cabildo permitió retirar el cuadro de la Iglesia (cerrada al público) y trasladarlo a la Iglesia Matriz (Catedral). Recién unos veinticinco años más tarde se regresó con júbilo a su altar, con la llegada de los padres Mercedarios, quienes vivieron en el Colegio y se hicieron cargo de la Iglesia. Tuvo que correr casi un centenar de años para que los Jesuitas volvieran a Santa Fe; sin embargo el amor a María y el agradecimiento a Dios por los milagros nunca se olvidaron. El 9 de mayo de 1936 el Papa Pío XI otorgó la Coronación Pontificia al cuadro de Nuestra Señora, cambiándolo al centro del altar mayor. Presidió la ceremonia el Cardenal Santiago Copello y vinieron fieles y jesuitas de otras regiones del país. La Santísima Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora de los Milagros, fue declarada Patrona de la Provincia Argentina de la Compañía de Jesús. IR ARRIBA

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